Presentación de «Historias que me han contado», por Cristina Romo

Es para mí un honor y un orgullo compartir la mesa con mi gran amiga y gran poeta Lupita Morfín, con quien he trabajado y aprendido una barbaridad. El miércoles comencé a leer Tiempo de plantar olivos y lo he disfrutado. Hay varios poemas en los que compartí con ella el contexto en que los escribió; en cierta forma me sentí coprotagonista. Me da mucho gusto conocer a Françoise Roy y espero también hacerme su amiga. Por supuesto, agradezco a Hilda Hernández, aguzada editora, que le haya gustado el texto y se lo propusiera a Felipe Ponce, y a la editorial Arlequín que haya decidido publicarlo. Gracias, Felipe. Ya había escrito otros libros de corte académico para usarlos en clase o para rematar lo que estaba trabajando en algún momento. Éste, Historia que me han contado es producto de la gran oportunidad del ocio creativo que se puede dar en el tiempo de la jubilación, de tan mala fama y mal querido. Cuando era niña distinguía con claridad entre cuentos e historias. Los primeros no eran reales, eran ficción, y en las segundas se trataba de hechos que de verdad habían ocurrido. La palabrita ficción la entendí mucho más tarde, a propósito de la ciencia ficción, que era una de las pasiones del hombre con quien compartí mi vida por más de cuarenta años. Entre cuentos y leyendas no entendía la diferencia. Las leyendas eran algo misterioso porque bordeaban la realidad y lo inverosímil, aunque siempre creí que la Llorona sí había existido, como la china que vino a inspirar a la china poblana y el Catrín con el que nos asustaban de niños. Por todo esto, no me gusta que me pregunten si ya terminé mi libro de cuentos. Los relatos que contiene este libro son eso, historias o anécdotas que tenía guardadas para cuando tuviera tiempo de escribirlas. Claro que no había apuntado tantas como para que alcanzara a salir un libro, así que conforme iba compartiendo con algunos amigos en lo que andaba, salían nuevas historias, y a veces me contaban largos sucesos que no me servían para este propósito, pero con frecuencia relataban algo que yo podía recrear. Gracias a quienes me contaron sus historias. Aquí presente está uno de los protagonistas. El libro no tiene mayor propósito que hacer pasar buenos ratos sin obligación de mantener al lector amarrado a él, como nos ocurre con las grandes novelas. También tiene el objetivo de ofrecer una lectura a veces sorprendente, a veces inesperada, que deje una sonrisa, aunque en más de alguna historia la reacción puede ser un poco amarga. Alguien que ya lo leyó me dijo que encontraba enseñanzas. No, para nada, no es esa la intención. Mi época de “enseñar”, con comillas, ya terminó. Lo que sí pretende el texto es guardar historias, que no se pierdan. Invitar a quienes tienen historias a que las conserven y las cuenten. Que renovemos el contenido de lo que contamos porque los viejos a veces somos demasiado repetitivos. Si tengo tiempo les voy a leer una de las historias que me han contado. Es muy corta. (“La gran boda”, p. 44) 

Cristina Romo

2 de diciembre de 2011

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